EL ARTE DE LA IMPRESIÓN

Un negocio que ha ido desapareciendo

 

Un negocio que ha ido desapareciendo

 

Por: Erika Espinoza

 

En menos de un minuto, hoy podemos tener impresa una página de casi cualquier cosa, algo que hacemos de manera cotidiana… pero no siempre fue así. Y eso lo sabe don Daniel, que desde hace 34 años tiene su negocio de imprenta en el Mercadito de las Flores, y ha visto nacer y morir el arte de la impresión.

 

Hoy en día, básicamente se limita a hacer sellos de caucho, normales o urgentes, desde abejitas de “Trabaja en clase” hasta los más revolucionarios, con Zapata estampado, para algunas organizaciones campesinas.

 

Pero todo se remonta a hace unos 50 años, cuando, por curiosidad, comenzó a aprender el oficio de ayudante en la editorial El Ahuizote, por el Parque Bicentenario; aunque no le pagaban, se dedicaba a eso en las mañanas, pero lo alternaba con los estudios por las tardes.

 

Impresiones a la antigua

 

“Antes, entre cuatro hacíamos las cuatro páginas de un periódico, eso nos llevaba un día completo, no como ahora que la tecnología nos ha comido el mandado. Cuando llegué al Mercado, no tenía competencia como ahora”, recuerda.

 

La primera revista que recuerda haber realizado era una de masones, en la década de los 60’s, pero al fallecer la esposa del dueño, los hijos dejan el taller y este desaparece, aunque ahí aprendió el arte gráfico.

 

Si bien su sueldo para ese entonces era muy poco, conforme aprendía se lo iban aumentando, llegando a ganar hasta 70 mil pesos de ese entonces por día, lo equivalente a 70 pesos en la actualidad.

 

De ahí, don Daniel empezó a trabajar con los Sánchez Impresores, donde durante un año aprendió la tipografía antigua. “Ahora todo es maquinaria, computadoras, ahora ya ni facturas mandan a hacer, de impresión y papelería ya no se hace nada”, reconoce.

El impresor, originario de San Fernando, recuerda que llegó a la capital chiapaneca con ganas de aprender, en ese tiempo, en la Casa de la Juventud, lo pusieron a repartir suscripciones de periódicos casa por casa durante tres meses, hasta que el director lo mandó a quedarse en el taller a lavar máquinas.

 

En la Editorial Ariel colaboró con la impresión de varios periódicos, y durante otros dos meses le propusieron quedarse de cajista en el taller, primero aprendiendo a escribir su nombre.

 

La caja estándar de tipografía tiene un componedor o machete, donde aprendió que existen varias clases de tipografía: de 12, 18, 48 y 72 puntos, por lo que le enseñaron a seleccionar los tamaños de letras y ponerlos en cada casillero de la gaveta… en total, 3 mil letras repetidas, entre mayúsculas y minúsculas.

 

Lo primero que hizo, fueron columnas, mismas que tenía que llenar por galeras y luego pasar con el maestro formador de páginas. “Es difícil al principio, como cuando el niño va a la primaria, se va aprendiendo poco a poco”.

Según su experiencia, es como una máquina de escribir, se usan las dos manos, una interlínea de dos puntos de 13 cuadratines, para llenar las galeras y poner en una rama grande del tamaño de la página los fotograbados formateados.

 

Antes, según nos cuenta mientras saca todas sus herramientas de trabajo, todo era en grabado metálico, y aunque la mayor parte del tiempo lo dedicó a la hechura de periódicos, también aprendió los trabajos comerciales como tarjetas de XV años, bodas, libros…

 

Después de cinco años con los Sánchez, a sus 34 años llega al Mercadito de Flores, donde ya tenía sus clientes y no tanta competencia como ahora, que hasta en las copiadoras elaboran sellos, pero no como él los hace.

 

Sellos para toda ocasión

 

Los sellos, son su fuerte. Un sello lo hace en 15 minutos, y los entrega al cliente en hora y media, o en 30 minutos si es un caso urgente. Cuando inició, cada sello costaba 15 pesos, luego fueron subiendo a 50, 60, y hoy cuesta 150 pesos normal, o 200 si es urgente.

 

“Para hacerlos, primero se rellena una placa con yeso, aunque originalmente se usa la dextrina. Luego, este se moldea teniendo las guías, y se pone sobre la rama para golpearlo al calor del fuego lento para que no se reviente”.

 

Don Daniel usa un hule dependiendo del tamaño del sello, para así irle dando forma y estampar lo que el cliente le pida. Sus principales clientes son los maestros, aún recuerda cuando cambiaron los sellos de la Secretaría de Educación, que supervisores de todo el estado se formaban en su local como si fuera una tortillería.

 

“Venían y me pedían 15 o 20 sellos por día cada uno, venían de San Cristóbal, Ocosingo, Palenque, San Fernando, de todo el estado”. En ese entonces, ganaba 10 mil pesos semanales, ahora apenas y salen mil 500, y sus principales clientes son los campesinos de algunas rancherías.

Sin embargo, esto le bastó para mantener a su esposa e hijos, darle estudios a dos de ellas –una pedagoga y la otra contadora pública-, y aún falta su hijo de 18 años, que está en la preparatoria.

 

También aprendió serigrafía y tuvo pulpos para impresión de camisetas y lapiceros, pero “ya ve la gente cómo es… ven que uno pone su negocio, y ponen el mismo a lado, y ahí bajó bastante la venta”, relata.

 

Con nostalgia en la voz, recuerda su mejor época dedicado a este oficio, que es todo un arte considerando el arduo proceso que representa, y aunque la tecnología ha ido dejando a un lado el trabajo de toda una vida, se ha ido adaptando y haciendo sellos como nadie más los hace.

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