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Jueves, Julio 20, 2017
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El conflicto magisterial en México, visto desde adentro.

Un reportaje por:  de hipertextual.com

Fuimos al campamento que mantienen los maestros en la Ciudad de México para conocer su perspectiva del conflicto.

El conflicto entre los maestros y el gobierno es una de las mucha afrentas que aquejan México en estos momentos. La cobertura internacional y mediática del problema se ha agudizado en el último mes con la represión policíaca y los bloqueos carreteros en algunos estados del sur del país.

 

En la Ciudad de México, sede de los poderes, los maestros mantienen un campamento desde hace un mes y medio. Muchos de los habitantes de la capital tal vez piensen que es un déjà vu, probablemente porque lo es: los maestros llevan haciendo campamentos año tras año desde el 2013 buscando echar atrás la Reforma Educativa, el planteamiento del gobierno de Enrique Peña Nieto que pretende evaluar a los profesores a través de un examen universal.

En la historia no existen ni buenos ni malos, existen bandos con los que simpatizamos y con los que no

Las opiniones respecto al tema son polarizadas. Para algunos sectores de la población los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación son el enemigo público, un gremio que busca mantener sus privilegios y que ha minado la educación en México a través de prácticas como la herencia y compra venta de plazas. Para otros, son el héroe de un país pobre, diverso y centralizado que operan en las condiciones más marginales.

 

Por supuesto, en la historia no existen ni buenos ni malos, existen bandos con los que simpatizamos y con lo que no. Las simpatías de los indecisos respecto al tema cambian tan pronto como cambian los roles del juego de víctimas y victimarios entre el gobierno y los maestros. ¿Los maestros huelguistas raparon a los maestros que querían dar clases? Malos. ¿El gobierno asesinó con armas de fuego a ocho manifestantes? Pobres. ¿Los bloqueos en las carreteras están llevando a los estados a crisis de desabasto? Son los peores.

 

Las simpatías cambian tan pronto como cambian los roles del juego de víctimas y victimarios

Para no dejar pendientes, fuimos a hablar con los habitantes del campamento que rodea la plaza de la Ciudadela, el lugar conocido en la Ciudad de México por ser donde se reúnen personas de la tercera edad a bailar. La vida no para. Incluso entre la trova de protesta y el campamento huelguista, todavía hay un puñado de ancianos bailando danzón. El ejemplo perfecto de las múltiples realidades que conviven en esta ciudad

 

Las calles estaban cubiertas con grandes lonas de plásticos,debajo de ellas casas de campaña individuales unas junto a otras. Los pasillos son atravesados por cuerdas y cables con los que toman los campistas la luz del alumbrado público. También hay algunos retretes que han encontrado la manera de conectarlos con el desagüe de la delegación.

 

“Los maestros sabemos improvisar”, me dice uno de los campistas de Chiapas cuando me acerco a hacerle preguntas. Me señala unas tarimas de madera sobre las que está la casa de campaña donde él duerme, son para evitar que se moje con las lluvias típicas del verano en la Ciudad de México. El piso está tapizado con cartones y cerca de ahí una caseta recubierta con plástico negro y una cartulina que dice “Regadera. Prohibido orinar. Por favor respeta.”

“Los maestros sabemos improvisar”

La sección de Oaxaca es por mucho la más popular, es la que más víveres tiene. Incluso unas monjas carmelitas se acercan con bolsas de mercado llenas de comida para rezar por los caídos en Nochixtlán, el brutal enfrentamiento entre policías armados y manifestantes que resultó en ocho muertos, los necesarios para que el gobierno tuviera que ceder al diálogo, pero no los suficientes para hacer retroceder la Reforma Educativa a la que se opone el sindicato.

 

Las leyes secundarias de la Reforma Educativa promulgada en 2013 por el gobierno de Peña Nieto son la razón por la que los maestros acampan a una cuadra de la Secretaria de Gobernación y tienen paralizado prácticamente todo el sur del país. Dicha reforma obliga a los maestros a evaluarse cada cierto tiempo, pero ellos aseguran que no es una reforma educativa, sino laboral.

 

Con víveres mi compañero y yo nos acercamos al área de Chiapas, el estado más pobre de México y que saltó a la fama internacional cuando en 1994 el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas y le declaró la guerra al Estado mexicano buscando la revindicación de los derechos indígenas el primero de enero de 1994, mismo día en el que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y en el que México abría los brazos oficialmente a la globalización.

 

“Adelante, adelante”, nos dijeron los maestros dentro de una lona azul. Llegamos cuando ellos estaban comiendo y hablando animadamente. El ambiente me recordó a los campamentos que hacen los niños debajo de las mesas cuando juegan, quizá por los ánimos o porque el comedor improvisado estaba configurado una mesa diminuta y sillas donde uno no se sienta, se pone de cunclillas. Cerca de diez maestros de todos los niveles (preescolar, primaria, secundaria y educación especial) nos recibieron amistosamente.

 

¿Qué es lo más difícil de vivir en el campamento?, les pregunto. Todos miran hacia el techo de lona azul donde suenan amplificadas las gotas de lluvia y suspiran. Además de las casas de campaña, tienen una especie de pequeña sala hecha con cartones y cojines, una cocineta, unos huacales que actúan como alacenas y ropa tendida en los lazos que sostienen el campamento.

 

Estos maestros habían llegado hace poco, cada tiempo los campistas regresaban a sus lugares de origen y otros los reemplazaban. Hablaban desde la convicción, cuestionando el sentido de la Reforma, que ellos veía como algo punitivo y descontextualizado.

El lugar donde todo se pudre

La infraestructura con la que dan clases es la queja más común de estos profesores. La mayoría de estos maestros vienen de un pequeño poblado en la selva chiapaneca que se llama Yajalón, un lugar que en la lengua tzeltal quiere decir “Tierra verde”, quizá porque la selva que lo rodea amenaza con tragarse toda forma de vida humana que ahí habita.

 

Alejandra Gómez Franco, la maestra más joven de este campamento sabe de esto. Ella da clases para educación especial en una escuela de material prefabricado que está pensado para durar 10 años, pero la humedad de la región ha hecho que en dos años la lluvia se cuele por todos lados. “Tú entras a mi salón y el piso es verde, verde por el moho”, me dice.

 

No es casualidad que el conflicto sea mucho más agudo en los estados más pobres de México

“Tengo niños con Síndrome de Down, niños sordos, niños con parálisis y una niña débil visual.” Educación especial es un programa incluyente de la SEP para los niños con discapacidades. “En la educación especial necesitamos materiales para llevar las terapias, material en braile, rampas adecuadas y no tenemos absolutamente nada de eso.”

 

“Material que tú compras y lo pones en la pared se pone verde, se echa a perder, se pudre” continua Alejandra y yo me imagino un paisaje propio de Gabriel García Márquez donde nada puede escapar del misterioso actuar de la naturaleza.

 

“Tú no puedes exigirle a los papás. Tienen hijos con discapacidad, son de muy bajos recursos y viven a horas de la cabecera municipal de Yajalon.” Cuenta la maestra que se han logrado hacer algunas cosas como techar el patio de las ceremonias cívicas con recolectas y kermeses mientras el gobierno los tiene en el olvido. “ ¿Dónde queda la calidad educativa? Habrá que empezar por ahí.” Una toalla colgada que imita ser un billete de 100 dólares tamaño jumbo parece bofarse de la situación.

 

No es casualidad que el conflicto sea mucho más agudo en los estados más pobres de México: Chiapas, Oaxaca, Guerrero que también son los más marginados y los que concentran mayor población indígena.

 

Otro de los maestros que hasta entonces había estado callado participa recordando el eslogan del anterior gobernador de Chiapas, Jaime Sabines, que rezaba “En Chiapas, un aula cada tres horas”. Me comenta que los alumnos de su escuela están hacinados. Se indigna y me dice: “Yo llevó 13 años de docencia y nunca llegaron a mi escuela, ni a la de ella, ni a la de ella, ni a la de él, ¿a dónde se fueron? ¿a Marte? ¿a Júpiter?”

¿Reforma educativa?

“Nosotros hasta ahora no hemos visto un nuevo plan de estudios”

Los maestros consideran que el problema es la evaluación universal estandarizada para un país de casi 2.000 millones cuadrados de extensión, seis ecosistemas y al menos 68 lenguas distintas.

 

En un país así, nada te prepara para la realidad. Elizabeth Domínguez, maestra de preescolar, contó que cuando ella se preparaba para ser docente le tocó hacer prácticas en San Cristobal de las Casas, donde contaba con todo, los niños hablaban español y los padres apoyaban a los profesores. Después le tocó ir a la región tzeltal en los Altos de Chiapas donde “no podía hablar con ellos y tenías que buscar al niño que hablara los dos idiomas para que fuera el traductor del aula.”

 

Elizabeth conoce a maestros que han hecho el examen porque les ofrecerán 35% más salario, esas personas le han platicado que el examen pone en juego las garantías laborales pues la primera pregunta, según ella, dice “¿Renuncias a tu plaza base?”. “Desde ahí ves que vas a perder todos tus derechos y quedó como interina que el gobierno me puede despedir cuando quiera.”

 

“Nosotros hasta ahora no hemos visto un nuevo plan de estudios”, me dice uno de sus compañeros cuestionando el sentido de la reforma que es criticada por llamarse educativa. No está solo en este planteamiento, académicos como el abogado Anselmo Flores, quien dice que para que esta reforma fuera educativa necesitaba revisión de los libros de texto, del contenido del programa educativo y los métodos de enseñanza.

“Los niños toman clases en estas condiciones”

“Los niños toman clases en estas condiciones” me dice uno de los maestros señalando los cartones en el suelo. “No podemos hablar de calidad en la educación si no hay los elementos mínimos para que pudiera haber entre el estudiante y el maestro un ambiente adecuado.”

La alegría con la que nos recibieron se ha esfumado. Todos están callados y pensativos, quizás recordando las condiciones de sus escuelas. Me dicen que extrañan a su familia, que de estar en su casa dormirían cómodamente y comerían a sus horas. En los platos tenían una sopa de fideos con tomate y totopos. Sin embargo me dicen que esto los ha unido como seres humanos, que muchos de ellos, pese a ser de la misma región no se conocían.

 

Les pregunto si hay algo que les gustaría decirles a los detractores de su movimiento. Piden a la gente que se pregunten si la Reforma de ser algo positivo se expondrían a vivir en un campamento y que se acerquen a preguntar como nosotros lo hicimos: “Con todo gusto los explicamos.”

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